El gran debut, por Madre Hotelera

Tengo la suerte de tener un hijo muy sociable como ya sabrán, al que le gusta invitar amiguitos casi todos los días de su vida, o al menos organizar algo. Lo proyecto con una casa repleta en el futuro, o dueño de un bar que se fundirá en 5 meses.

Nada de eso pasó todavía, lo que sí es real es que las visitas y los entretenimientos son cada vez más exigentes. Nada alcanza, y nada dura más de 10’.

En una de esas tardes concurridas decidí probar otro tipo de juego y llevarlos para mi molino. Compré levadura, les puse un delantal a cada uno, un kilo de harina, y a ensuciarse por una buena causa.

Como cualquier humano, tengo memoria selectiva, la mía es muy visual por suerte, y así como no me olvido imágenes de antaño, confío que tampoco me olvidaré de la cara del primer bollo con manitos en la masa + pizza con forma de dinosaurio o corazón + horno todopoderoso + comer producción propia. Esos ojos azorados de primera experiencia, con manos reales generando procesos aparentemente mágicos, ya los grabé, no se me van más del disco.

Es un privilegio ser testigo de primeros momentos, de las caras de descubrimiento, viviéndolas en primera fila. Reflotan las mías, me reflejo en ellos, veo que disfrutan cosas que yo ni recuerdo, y otras veces me veo a mi misma tratando de contagiar entusiasmo, remontándome a lo que sentí en mi primera vez.

Me acuerdo como si fuera hoy mi debut en la bici sin rueditas… ¡Por Dios! ¡Juraba que iba a 200km por hora! Viento en la cara… ay, ¡Tremenda libertad! O la primera vez que fui al cine, sintiéndome ínfima en ese gran espacio negro, haciendo fuerza para abrir los ojos aún más grandes, asumiendo que cuanto más abiertos, mejor vería en la oscuridad.  ¡Ahí está! ¡Esa es la cara de asombro que me gusta! Es parecida a cuando vuelve la luz después de un corte. Cuando les pase -ya que últimamente abundan- miren enseguida al que anda por la casa y ríanse de esa expresión de “encontré petróleo abajo del piso flotante”.  Una cara distinta a cualquier otra.

No sé cómo sería la mía la primera vez que entré al mar por ejemplo, pero me la imagino igual, parecida a la primera “hamacada” con el estómago bien arriba. La primer lección en el frente, con manos empapadas y boca seca como un gato. Hay tantas primeras memorables…

Los veo a mis hijos y pienso que están casi todos los días con algún estreno. Siempre hay algo por descubrir. Su curva de descubrimientos es inversa a la de crecimiento. Arrancan bien arriba y con los años va descendiendo indefectiblemente. No porque no aparezcan oportunidades, sino porque ellos están permeables a todo, y la curiosidad los lleva a que una cucharada de wasabi puro sea algo posible. ¿Por qué no? Es verde, parece yogurt de… ¿lechuga quizás?, de cualquier cosa verde, se puede parecer a un caramelo de pera. ¡Da igual! Todo por descubrir, todo por vivir. Da un poco de envidia sana, ¿no?

Es que claro, no sé si es tan raro probar algo nuevo, lo diferente es como nos cae y todos los preconceptos que fuimos sumando con el correr del tiempo. No podemos replicar la cara de asombro de los 4 años, por los motivos que sea, vergüenza, cuidar las formas -absurdas-, pensar que lo que para nosotros es novedad, para otros podría estar en su CV con nivel de seniority, y sólo por eso no gritamos o ponemos la cara que correspondería para la ocasión. La espontánea, la que sí corresponde.

Yo no tengo un seniority pizzero, Juan creerá que si. Aunque no sea mi primer pizza de la vida, sigo sonriendo cuando me ensucio amasando, y más todavía cuando veo sus caras y esas mini narices manchadas con harina.

¿Por qué será que algunas primeras veces nos quedan más grabadas que otras? ¿Será por cosas que nos gustaron o nos marcaron el rumbo? No lo sé. Tengo un recuerdo más vívido de la primera vez que metí las manos en un saco de arpillera lleno de granos, que de la primera vez que icé la bandera, y no quiero más a los garbanzos que a mi patria, se los aseguro, pero vaya a saber qué me provocó en el momento, que hasta recuerdo el color de medias que tenia esa tarde.

Me gustaría tener fotos de esas expresiones, como el día que cociné por primera vez para paladares desconocidos, o mi primera vez arriba de un escenario. El momento de hacer cosas de grande y probar el café disimulando lo amargo, o el cigarrillo, con todo el asco que por suerte me dio y me sigue dando. La compra de la primera ropa interior elegida (que siempre es para una amiga o para regalar). El primer recital multitudinario. El primer beso… desacompasado, extraño, “mojado” como diría Rain Man.

La cara del primer día laboral, lo más parecido a poner un delivery de empanadas en Singapur. Todo inentendible. Todos iguales, sufriendo el reseteo post mil presentaciones, apenas volvemos al escritorio a arrancar.

Tengo muchos recuerdos de primeras veces, algunos más lindos que otros. Pero después de chocar el domingo con esta frase: ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?… no pude creer que casi todos fueran tan lejanos.

Qué examen. Tuve que hacer fuerza para recordar los recientes. Qué horror… ¡Cero adrenalina!

Aunque, con un sencillo remember me di cuenta que en estos últimos 10 años tuve momentos bastante emocionantes para mi estructura.

Logré surfear 2hs seguidas, después de superar el imaginario naufragio y mi compromiso con Wilson, sin lentes de contacto,  con una importante miopía que convertía cada ola en un tsunami. Logré hacer snowboard, con un estilo Bridget Jones absoluto, jamás bajé de otra forma que no fuera tirandome de la aerosilla derecho al piso. ¡Pero probé! Me subí a un paracaídas, y mi descenso fue perfectamente desastroso. ¡Pero me animé!

Subí a una montaña rusa, debutando con la peor de todas, suspendida en el aire, momento en que decidí despedirme internamente de todos mis afectos. Será que estaba destinada a morir con estilo pensaba… ¡Y lo superé!

Me fui de camping. ¡Comí mollejas! Las probé a los 26… un pecado increíble, lo sé. Maté arañas grandes, alcé a un perro. Me perdí en un morro lleno de bichos, con un boggie, bajando por un camino virgen sin saber si terminaba en el precipicio o al lado de 10 cocodrilos.

Pienso en cada imagen y tengo recuerdo de haberlas vivido como si tuviera 4 años, con una mezcla de miedo, risa, nervios, gritos cuando conseguía lograrlo. Pienso también que sin mi marido al lado contagiándome su “Probá, vas a ver lo bueno que está”, salvo las mollejas, todo el resto podía pasar la vida sin intentarlo.

Qué bueno es tener ese empujoncito, solos quizás no nos animamos, pero de a dos o más, juntamos valor -o mucho miedo junto- y avanzamos.

Ahora con hijos cada prueba o experiencia pendiente me genera más responsabilidad. Decidí dejar el bungee jumping para los 65, e imaginarme como una abuela canchera que acompaña a su marido el de los deportes extremos, y se contagia. Me lo imagino gritando abajo del puente “Probá vieja, ¡vas a ver lo bueno que está! ¡de la cadera nos encargamos después!”. Nietos e hijos repartidos entre el espanto y las carcajadas.  Hasta ese entonces tengo varios proyectos, como probar el té con leche… adrenalina a tope.

Por lo pronto mi última primera vez, fue cocinar al disco de arado, con un único peligro generado: la adicción al risotto que salió de ahí adentro. No necesité empujoncito ni mucho valor para experimentarlo. Simple, pero buenísimo.

¿Y ustedes? ¿Cuándo fue su última primera vez? Un buen indicio es que al menos la encuentren dentro de 2012, y si no la hubo y necesitan un viento de cola, ahí va… a animarse.

A tener en cuenta I: registren el momento, así vuelven a sonreír cada vez que se vean.

A tener en cuenta II: estaremos esperando su foto.

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

Hotel Madero es el lugar elegido por viajeros de negocios y turismo de todo el mundo. Cuenta con 197 amplias habitaciones, 7 salas de runión equipadas con la mas alta tecnología, restaurante, bar, spa y sala de musculatura, y el mejor servicio personalizado.
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