De escaleras y escalones, por Madre Hotelera

Dentro de esta vida agitadita que tenemos todos, hay ciertos rituales que por más que corramos, no pasamos por alto. A veces por obligación, a veces por gusto. Para las mujeres uno de ellos es ir a la peluquería. Mis visitas son de 3 hs. cada 3 meses aproximadamente. Voy cuando ya me da vergüenza salir a la calle y caigo rendida a los reyes de la cabeza.

El viernes pasado me tocó experimentarlo. Tuve que esperar un rato para ser atendida, el rato que siempre mato leyendo revistas de peluquería, algo parecido a un Billiken de señoras, lleno de chimentos, con noticias tan dramáticas como “el dolor de la Duquesa de York al hacerse un tatoo en el antebrazo”, algo desgarrador realmente. Esta vez ese momento tan nutritivo elegí no tenerlo, lo cambié por observar la escena completa como si estuviese en el cine.

Todo raro. Me quedé en lo verbal más que en lo estético. Miraba a todas hablando por el espejo con quien les cortaba el pelo, las confesiones, las charlas zippeadas, en 40’ picando todos los temas, o uno solo muy conflictivo. El peluquero contando a la nueva clienta lo que el compañero escucha cientos de veces en el mes. Deben estar cansados de escucharse entre ellos, pero como diría una que seguramente asiste más que yo a los centros de estética “el público se renueva”, con lo cual, cabe compartir la anécdota una vez más.

Es extraño, a ellos les confesamos secretos que quizás nunca nadie escuche, pensando que son casi como psicólogos que con su ética profesional mantendrán el comentario en privado. Aunque todo indica que cuando se reciben de coloristas nadie los hace jurar ni por Dios ni por la patria que deben callarse la boca. Igual caemos todas. Son los reyes de la cabeza, la atienden por fuera y en muchos casos por dentro también, depende del grado de fidelidad que se tenga con el profesional en cuestión.

El caudal de información que manejan es llamativo. Ellos no eligen, pero tienen anécdotas y relatos de 30 personas distintas por día. Aunque los finales no los sepan hasta dentro de tres meses, cuando ya la tintura no de para más. Sus películas siempre tienen finales lentos de develar.

Cuántas cosas terminamos compartiendo con gente que ni llega a formar parte de nuestras amistades… A mi siempre me llamó la atención la fama de los bartenders. Su pasión es preparar los mejores tragos, pero en muchos casos, no sé si se fueron afianzando en el puesto por ser buenos consejeros o excelentes receptores, más que buenos en lo suyo. Y su palabra la tomamos, tiene la fuerza de la palabra de un desconocido. Una fuerza rara, totalmente subjetiva. Alguien que opina sin conocer el universo de variables que rodea al problema. Tan subjetiva como la parte de la historia que estamos dispuestos a contar para recibir la respuesta que esperamos escuchar.

Así como los peluqueros y los bartenders cumplen con este rol, depiladoras, pedicuras, masajistas, camareros, y los termómetros callejeros: los taxistas, se suman a este selecto grupo de psicólogos express.

Las consultoras de encuestas deberían trabajar con un muestreo reducido de 100 taxistas en vez de un barrido de 4000 llamados, obteniendo resultados más certeros seguramente.

Tuve la suerte de viajar una vez con uno que llevaba más de 40 años arriba del auto. Digo la suerte porque hablar con alguien que vivió más que mi vida entera escuchando a la gente, observando los vaivenes de humores, de políticos, de crisis, de oleadas de buena y mala racha, pensar que durante 40 años ha sido esponja de cientos de historias, y si, no quería que nadie me bajara de ese auto. Fue como un gran cuento sin ilustraciones, sin querer que nadie apague la luz para irme a dormir.

Me asombran esos encuentros fugaces con personas que el destino nos acerca. El taxi es algo completamente aleatorio, nos puede tocar cualquiera, el mudo, el que tiene un mal día y quiere eco para quejarse, o el que necesita hablar imperiosamente. Lo mismo deben sentir ellos para con nosotros. Sorpresa bilateral.

Yo no tomo muchos taxis, pero tengo algunos viajes memorables. Una vez termine llorando con el chofer por un drama familiar, otra aplaudiendo desde atrás en el momento que lo llamaron para decirle que sería padre de un varón. Me sentí una privilegiada, al hombre que tenia que estar en la ecografía, lo tenia ahí gritando por teléfono conmigo, una NN que jamás volvió a ver.

Otro viaje inolvidable fue el último de una semana completa yendo al registro esperando que me entreguen el pasaporte. Último día antes de viajar y todavía estaba sin recibirlo. Me tomé un taxi con cara de consternada, comenzamos a hablar con el chofer sobre las esperas, sobre la  falta de respeto para la gente que tiene que viajar, bla bla bla, charla de taxi, esperando que asintiera y se quejara conmigo.

A mitad del recorrido lo llamaron por teléfono, me pide disculpas por atender, es que estaba esperando un donante de riñón para su mujer, y su hijo le preguntaba como cocinar unos fideos para el resto de sus hermanitos.

Estuve a punto de ofrecerle manejar, que se duerma un rato porque ya llevaba 18 horas ahí arriba, acostarlo y cocinarle a sus 3 hijos. Si me hubiese dado un cachetazo era lo mismo. Mi espera estresada del pasaporte, frente a la suya por un riñón, por favor… tan tonta me sentí.

Así como no creo en las casualidades, tampoco creo que haya peluqueros o taxistas, tan aleatorios como creemos.

Hay personas que nos cruzamos 20′ en la vida, y en algo la tuercen, nos hacen un click. Hace poco fui a un casamiento producto de un vuelo demorado y mucha espera en el free shop. Ahí se conocieron. Podrían ni haberse mirado.

Un amigo me contó una vez que siendo turista en Mar del Plata, caminaba por la zona de los acantilados cuando encontró una chica con todas las intenciones de suicidarse. Se acercó, habló, habló, escuchó, se cansó de hablar, hasta que logró alejarla del acantilado y de la idea.
Nunca más la vio, y cada vez que se siente algo deprimido, se acuerda de esa situación, levanta la cabeza y arranca de nuevo.

Mi amigo no es psicólogo, ni taxista, tampoco peluquero. Es hotelero, un incansable receptor de llamados de atención en reclamo de mimos permanentes. Y ahí estaba él sin proponerselo, utilizando todas sus herramientas que da este rubro para complacer a esta huésped transitoria algo especial, en este caso una suicida, a la que le consiguió nada más ni nada menos, que un rato más de vida.

De estos encuentros fugaces nacen ideas, trabajos, amores, o algunas luces para resolver conflictos. Consejeros express que andan merodeando por ahí, o atienden en un lugar fijo, como la barra de un bar, o una estación de servicio.

Uno de estos sabios populares me ha dicho una vez en pleno recorrido: “Es así señora, en su vida se cruzará con gente que para usted funcionará de escalera, y otra que será un escalón. Algunos la sacarán del pozo, otros serán un gran descanso. Nunca se sabe la función de cada uno”.  Hasta Boyacá y Juan B. Justo llegó su sabiduría no elegida, pero siempre recordada. Podría haber seguido hasta Luján escuchándolo. Me dejó una semana pensando en mis escaleras y escalones personales. Él seguirá por ahí, desparramando sus frases disparadoras de análisis.

Mi amigo el hotelero fue una escalera para una suicida difícil de convencer. El aeropuerto sirvió de escalón para llegar a un amor que resultó ser un gran descanso. Y así tantas historias más imposibles de plasmar en este blog, que en realidad hoy es un desperdicio que yo lo escriba, nuestro conserje lo habría hecho mucho más jugoso, el problema es que él sí juró por Dios y por la Patria mantener secretos quizás poco profesionales, pero secretos al fin.

A que hoy mirarán distinto a los ocasionales con los que les toque viajar. Cada persona es un mundo por descubrir y otra oportunidad para descubrirnos.

Espero que tengan la claridad para apreciar su próxima escalera, o su futuro escalón.

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

Hotel Madero es el lugar elegido por viajeros de negocios y turismo de todo el mundo. Cuenta con 197 amplias habitaciones, 7 salas de runión equipadas con la mas alta tecnología, restaurante, bar, spa y sala de musculatura, y el mejor servicio personalizado.
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2 respuestas a De escaleras y escalones, por Madre Hotelera

  1. Luvila Liwszyc dijo:

    Luciana, cada vez escribís mejor!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! qué bárbara. Es perfecto y con una amplitud de vocabulario que me asombra.
    Qué suerte que te encontrás siempre esos taxistas….yo ya no tomo tantos como antes, te imaginarás que con los precios que tienen….. Pero lo que me dá más bronca que el precio son ellos mismos. Llegue a la conclusión que todos están cumpliendo con una probatrion. Y voy mirándolos para adivinar porqué hecho delictivo. He encontrado de todo…
    Te quiero. Luvi

  2. Sebas dijo:

    Lu, cuánta verdad! Mis amigos me piden que escriba un libro al estilo “Memorias de un conserje” pero claro, no puedo…
    Lo especial de mi trabajo es cuando ese cristal “profesional-cliente” se rompe y me hacen saber si fui un escalón…o varios…

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