El mejor D de los 7

Madre HoteleraParece ser que se trata de un día importante, ¿No? Lo estamos esperando todos realmente al día clave, ese día en el que quizás algo cambiará.

Estoy imaginándome que esa mañana puede pasar algo tan descontrolado como por ejemplo, ir a comprar las medialunas a otra panadería, o elegir un jogging de otro color para salir, una movida de lo más riesgosa para una jornada tan relevante.

Me regocijo pensando en todo lo que pasará. ¿Cuándo? No esperen comentarios políticos, mi espera es por la llegada del domingo, el día D por excelencia. El relax de la semana, el mejor en su estilo entre los 7. Se podría definir como un jugador distinto, con otro timing. Sería como un Riquelme, con su inquietante tranquilidad, manejando su juego medido con otro reloj, pero no por eso menos efectivo.

Hay domingos tan domingos que resultan imposibles de pasar a 220v, nos podemos quedar en 110v tranquilamente. Estar en Cabo Polonio o en Buenos Aires da lo mismo. Podemos ser amebas, pasando de la cama al living sin soltar el control remoto ni el paquete de galletitas, en ese silencio elegido, sólo alterado por los 70 diálogos cortados que salen de la tele después de la enésima vuelta esperando algo que nos sorprenda.

La ley indica que la peli que esperamos la terminarán dando a las 23hs, cuando ya pierda sentido. A esa hora todos queremos ser propietarios de un bar en la playa, estamos calentando motores para poner cara de lunes, que será la antitesis a la que tuvimos antes de roncar toda la noche.

El lunes es odiado por el 80% de la población activa. El martes vamos calentando motores. Es de relleno. El miércoles comenzó a ser bueno hace unos años, cuando ya jueves y viernes no alcanzaban como día para salir, sumándose como quiebre de semana para empezar a sentir lo que viene. El jueves es como un amante, siempre en segundo plano pero no por eso menos atractivo. Su problema es que nunca llega a superar al rey, sin dudas, el agradecido por todos, hasta por una cadena de comidas con sus cuatro iniciales que no necesitan aditivo alguno. Oh si… así no sean creyentes, agradezcan a su God por que el Friday siempre llega.

Ese efecto pimienta de los viernes, empecé a experimentarlo con el último timbre del recreo en primer grado. Ese era el día en que se terminaban los cuadernos y llegaban 48hs enteras para jugar.

Es eso. Sentir que con el tiempo podemos hacer lo que queramos. Libertad absoluta. Es la previa a no cumplir por unos días con horarios y rutina. A mi me encanta lo que hago, gracias al que inventó los viernes y los 6 restantes, disfruto de mi trabajo, sin embargo el viernes el espíritu de viaje de egresados saliendo desbocados por la puerta, lo siento igual.
Los sábados son otra cosa, son activos, pasa de todo, empezando por el gran diferencial que es no poner el despertador, siendo a veces más movido que un día de semana.

Cómo cambian las cosas… si hubiese escrito este blog 15 años atrás, él hubiese sido mi rey indiscutido, y a las 3am mejor, la hora en que arrancaba la noche para mis parámetros. Ahora a las 3am del sábado, probablemente esté despierta consolando a mis hijos por haber soñado con “mostros”, agradeciendo que todavía me queden quizás 4 horas más para dormir. Sí, 4.

Quien tenga hijos más grandes, cuenteme amablemente cuando llegará el día en que distingan los fines de semana.

Ya dormiré, lo lograré ¡lo sé! Mi queja es algo mentirosa igual, me encanta disfrutarlos así chiquitos y atemporales. Ellos también perciben que es un día distinto una vez que entran en sintonía. Juegan a otras cosas, duermen la siesta que no tienen durante la semana, y cuando se despiertan vuelven a preguntar  ¿Hoy hay jardín?… aunque todavía falta medio domingo más para vivir.

Yo no tengo un ritual sagrado dominguero, pero sí lo percibo como un día distinto a cualquier otro.

Carezco del asado, si si, carezco, porque para el que lo tiene como tradición, es casi como un patrimonio. Un domingo sin asado es similar a haberse quedado sin auto, no saben qué hacer, a dónde ir, para qué sirve ese tiempo. No recuerdan lo que hacían con su vida antes del idilio parrillero.

En estos domingos silenciosos, el paisaje cambia. Salen los fetichistas a lavar su coche durante horas, lo dejan lleno de espuma como el elefante de La Fiesta Inolvidable, para lustrarlo una y otra vez. Creo que si no fuesen vergonzosos, hasta sacarían fotos del paso a paso, como si el auto tuviese vida propia y ellos fueran su coiffeur. “Mirá que lindo que quedaste” le dirían al oído a su auto macho por excelencia.

Los domingos soy testigo de incoherencias como un equipo perfecto de jogging que jamás será usado para hacer deporte, estirado por panzas importantes apoyadas en el mostrador de la panadería, a la espera de 3 docenas de factura para ver el partido con un mate eterno. Quizás es para no sentir que algo aprieta en la ingesta vespertina. No sé. Igual es un problema mío, no entiendo el jogging sin fines deportivos, no lo logro. ¿Será empatía con el espectáculo? ¿Se sentirán dentro de la cancha?

El domingo se ha hecho para disfrutar el fútbol. El mismo partido un lunes, jamás logra tal efecto. Es otra parte del día, tiene que existir. Domingo sin campeonato es similar a la pérdida patrimonial del asador.

Este día sagrado se ha  concebido para roncar. Las siestas son del noroeste argentino, sólo faltan las chicharras. Podrían hacer un ringtone pensándolo bien, para extender la sensación todo el año. Son siestas en las que no tenemos conciencia si estamos boca arriba o como una tortuga, el cuerpo no se siente, somos otra capa más de sabanas.

Las compañías maximizan sensaciones en este día al que elijo para compartir en familia y amigos-familia, esos a los que le podemos abrir la puerta en camisón, y que tienen derecho a visitarnos sin avisar.

¿Será que es un día a rellenar, vacío, sin obligaciones, que lo que salta al primer plano son las necesidades básicas de disfrute, de rodearnos de afectos, de hacer lo que más nos gusta?  Puede ser, quizás por eso la soledad dominical sea más pronunciada.

Cuando no tenía ni algo parecido a un novio, podían invitarme a salir viernes o sábado, y estaba todo bien, aunque hubiese cambiado siempre esas salidas por un domingo entero. Compartir el día lo veía más genuino, más cercano. El sábado a la noche es fácil, un domingo es diferente. Es charla, son confesiones, conversaciones más lentas, es una apertura distinta. Es verse de día. Es otra luz.

Ahora tengo un gran amor que quiere esas charlas conmigo todos los domingos. Creo que se me nota que a las 18hs me llega el hechizo y los quiero más a todos, los miro con otros ojos, no los obvios. Quiero seguir con esos mimos sin tiempo el resto de la semana. Tengo esa sensación de que se termina ese estilo de disfrute y le quiero sacar el jugo.

No sé, la soledad me hacía odiarlos y desear que no llegaran. Los huecos nunca quedan vacíos. Yo elegí llenarlos con gustos y encuentros, así empezaron de a poco a ser hasta mejores que los sábados.

Hoy son especiales, esperados, memorables. Ese estado llano, lo siento como una esponja. Me lleno ese día para enfrentar la semana.

Las mejores imágenes del mejor de los 7D, se suben al colectivo del lunes conmigo, y hacen que arrancar la semana sea casi como tener mi barcito en la playa.

Les dejo mi postal de este domingo imposible de borrar. Espero que tengan algunas similares para compartir, llenas de sus propios gustos y placeres. Y si no las hay, ¡a trabajar por eso! ¡a completar espacios vacíos! Hasta acepto un jogging sin sentido, si es lo que los hace felices.

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

Hotel Madero es el lugar elegido por viajeros de negocios y turismo de todo el mundo. Cuenta con 197 amplias habitaciones, 7 salas de runión equipadas con la mas alta tecnología, restaurante, bar, spa y sala de musculatura, y el mejor servicio personalizado.
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