Cambio de figuritas, por Madre Hotelera

Cambio de figuritas, por Madre Hotelera

¿Y? ¿Cómo empezaron? Espero que bien, aunque seguramente sorprendidos como todos, con un 31 entre viento y mucho abrigo. Imposible imaginar un comienzo de año con 12 grados, menos con el sofocante antec
edente navideño. El 24 me imaginé poniendo la mesa en el medio de un sauna, era un perfecto equivalente. Piénsenlo bien, una linda mesa imperial, todos en toalla y ojotas, anteojos empañados, olor a eucalipto, cena, brindis, pileta y Good Show!… no era un mal plan frente a la insoportable realidad. Por momentos parecía que nos perseguía un lanza llama por toda la casa. Crónica TV debería haber medido la sensación térmica en la cocina del Hotel mientras se preparaba la gran cena de Navidad. Pagaría por ver esa placa roja, con su típica mezcla de delirio y realidad.

Lo cierto es que ya pasaron 8 días del estreno del año. Empezó de verdad -por si algunos no se enteraron-, aunque todavía está en el aire ese modo “post casamiento”, agotados pero contentos. Algo perdidos, atemporales diría, sin aceptar mucho esto de que sea Enero y no estemos en la playa.

Por lo pronto a mi me cuesta asimilar que ya tengo archivos terminados en 13, pensar que en unos días todos los turrones y mi amada garrapiñada finalmente se acabarán, como también el floreo del arbolito de Navidad, el cual todavía sigue en casa brillando alegremente. Será que quiero mantener esa sensación de fin de año, de fiesta. Pido prórroga para el desarme de  todos los objetos alegóricos. Quiero jugar un ratito más, me da una comodidad indefinida, extraña, como si esta transición estuviese compuesta por días sin fecha. ¿Compromisos? ¡Todos! La idealización del Enero tranquilo se terminó el día que empecé a trabajar. Siempre está cargado de cierres y  proyectos, sin mucha energía para encararlos. Una mala combinación.

A nivel personal, ejerciendo todas aquellas actividades sociales que se pospusieron en Diciembre, porque simplemente, tiene 31 días imposibles de estirar. 31 jornadas en las que he visto y vivido de todo. Cierre de ciclos, comienzo de otros.

Mis hijos terminaron su año del jardín, con revolución de sentimientos para padres y señoritas, y la confirmación de que ya ha pasado un año más, que están más grandes. Despedirse de esas mamás de turno no es poca cosa, con agradecimiento infinito por haber cuidado lo más preciado que tenemos, y haberlo cumplido con creces. La comprobación me la transmitió Juan a horas de terminar la fiesta de cierre,  con una elocuente declaración: “Ma, ya sé que seré cuando sea grande. Seré profesor de jardín de infantes, porque voy a ser feliz enseñando a los niños, y voy a llorar de alegría”. Lentes de contacto flotando para su mamá la sensible. Muy poco para agregar.

Sumé más lágrimas alegres con la llegada de un nuevo integrante a la familia, un peladito arribando en un día particular: 12/12/12, que me convirtió en tía nuevamente. Viví un desenlace feliz para otro embarazo tan deseado como complicado, con un grito inolvidable de “¡Nació Julia!”,  pintura corrida y muchos abrazos, después de 9 meses de dura espera. Un regalo de la vida. Una luz inmensa para unos papás que experimentaron la peor de las pérdidas, pero nunca flaquearon. Resultado: gran sueño cumplido.

Sumé otras lágrimas por despedidas de amigos del trabajo que van en busca de nuevos rumbos, y nudo en la garganta por otros que arrancarán de cero por tercera vez, con todo lo que eso implica.

Entre todo esto, un discurso de agradecimiento truncado por mucha emoción, ante la llegada de un reconocimiento laboral muy gratificante para mi escala: mi Oscar hotelero.

Un Diciembre intenso, con excesos de todo, y sentimientos a flor de piel. Todo extremo. Mil grados, mil baños refrescantes, muchas corridas y varias búsquedas del regalo perfecto para cada uno.

He visto mujeres desaforadas en la calle con cinco bolsas en cada mano. Gente colándose en las jugueterías, arrojándose sobre el último ejemplar de alguna muñeca. Con asombro vi un perrito espantoso de peluche a $550, y un juego de bolitas a $200. Repito: Bolitas a $200. Todos locos, ¿no? Imposible pensar un equivalente en mi niñez.

Ahora las cartas a Papá Noel y a los Reyes, se escriben -o dictan-, con un nivel de detalle asombroso. La lista puede llevar una hoja entera, y la espera es por todo lo pedido y más también. Abren regalos y siguen buscando si hay más paquetes perdidos por ahí.

No culpo a los chicos, es un sistema completo que trabaja para que esto sea así. La televisión con su bombardeo, las jugueterías abiertas hasta la madrugada, los supermercados con todo listo desde Septiembre. Es imposible no acumular ansiedad y un pedido más casi a diario.

Del otro lado – el nuestro-,  están los esfuerzos para cumplir con sus expectativas, en la medida que el bolsillo y la lógica lo permitan. Y saber de antemano, que probablemente jueguen más con la caja que con el contenido.

En todo este proceso repasé como era mi habitación a la edad de mis hijos, mis rincones, mis juguetes. Estimo que tendría la mitad, y era feliz, hasta tenía algunos que no tocaba por meses, para luego redescubrirlos. El día a día era diferente, los tiempos, las familias, los momentos de recreación. Siempre había cosas en la cocina para inventar, mucho tiempo para dibujar, pocos dibujitos para ver, una vereda entera para disfrutar, una plaza confiable y sin rejas para jugar.

Trato de llevar a mis hijos para nuestro molino, el mismo que vivió mi marido, sin tantos juguetes y con más experiencias, esperando que ellos aprendan y absorban un poco de eso, de lo poco que importa lo material, del rescate del hecho en sí, imaginando las consideraciones que tuvo quien lo compró, del sentimiento que lo llevó a hacerlo, motivados por la devolución de un abrazo y una sonrisa alegre, sin basarse en el tamaño o en lo que cuesta. Y pasa eso, cuesta. Cuesta que lo entiendan porque son chiquitos, y cuesta como papás tratar de transmitirles lo importante.

Ayer leí que 11 millones de personas en nuestro país viven supuestamente con $35 por día, y al mismo tiempo me choco con un juego de bolitas a un precio delirante, siendo las mismas con las que jugaba mi papá cuando era chico, nada superior. Ahí es cuando pienso que algo anda mal, cuando me resisto a aceptar una realidad tan polarizada.

Algo que si tuvo un buen final en Diciembre, fue una campaña mensual casera para que Cori a sus 2 años abandonara su amado chupete. La consigna era usarlo hasta Navidad y ponerlo al pie del árbol. Papá Noel se lo llevaría, cambiándolo por los regalos que ella pidió. Por supuesto que cuando escribimos la carta, le preguntamos cuál era su regalo esperado. Ya se imaginarán… “Quiero cupetes” respondió. Quería un plan canje me parece, algún último modelo acorde a su edad.

Más allá de la anécdota y su logro, me quedé con el concepto de entregar cosas a cambio de otras nuevas. Darnos cuenta que el entorno nos invita permanentemente a tener más y más. Nos quiere hacer creer que necesitamos todo lo que está en las vidrieras, que tenemos que usar todos los mega descuentos porque “la oferta se acaba”.

Tengo como proyecto para la navidad 2013, que su lista de solicitudes, tenga una paralela de juguetes que ya no usen para poder regalar. Que puedan experimentar la sensación de una sonrisa franca y unos ojos emocionados agradeciendo lo que para esos 11 millones, quizás sea imposible de alcanzar.

Quiero extrapolarlo a la ropa, los zapatos, a todo eso que guardamos por años “por si alguna vez” lo necesitamos. Hay gente que necesita a diario lo que nosotros usamos quizás una vez en 36 meses.

Siento que tengo y puedo hacer algo por esa balanza que creo que anda muy mal, y si bien no soy la responsable de ese funcionamiento, sí puedo aportar algo chiquito, a mi escala, para inclinarla de a poco.

Deseo el ideal de que mis hijos lo aprendan, y que alguna vez nazca de ellos mismos el querer hacerlo. Pensar que en su carta de Navidad tengan anotada una sonrisa esperada del otro lado, y alguien que disfrute de sus juguetes tanto como ellos lo hicieron.

Quizás puedan sumarse ustedes también. Muchos anónimos juntos embarcados en lo mismo, quizás logremos más que muchos hiper conocidos distraídos en vidrieras caras pero sin valor. Creo que sería un buen cambio de figuritas. Los espero arriba de la balanza.

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

Hotel Madero es el lugar elegido por viajeros de negocios y turismo de todo el mundo. Cuenta con 197 amplias habitaciones, 7 salas de runión equipadas con la mas alta tecnología, restaurante, bar, spa y sala de musculatura, y el mejor servicio personalizado.
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