La hermana más hermosa, por Madre Hotelera

La hermana más hermosaMi nombre es Luciana Minerva, nací en Buenos Aires en pleno Julio de 1976. Soy una parte de mis padres, una extensión. Cuerpo, cara, carácter y humor, heredados y aprendidos, que se siguen proyectando, identificándose sin muchas dudas 36 años después.

Una obviedad que resulta tan natural para muchos, y a la vez tan distante lamentablemente para los portadores del 25 millones en su DNI.

Crecí en un ambiente equivalente al que yo le brindo a mis hijos: barrio, plaza, juegos, mucho amor y verdad. Familia numerosa, varios tíos abuelos presentes, con sus oficios y habilidades que antes resultaban suficientes para desenvolverse a diario, cuando no se necesitaba más que para comer y vestirse.

Esta crianza de palabra abierta y cabeza inquieta, me acercó ya más grande a una realidad de esas que ni la peor película puede mostrar. Relatos que para mi fueron imposibles de dimensionar en su momento, como cuando nos cuentan la historia de nuestros abuelos bajando del barco, con una absoluta pobreza, construyendo su vida a costa de cuatro trabajos. Nos armamos las escenas pero difícilmente podemos palparlo por completo.

 ¿Se imaginan después de dos meses en barco llegando a Polonia, sin entender ni una palabra, con poca ropa y nadie esperando en ese puerto? Me animo a pensar que una persona en 5000 lo haría, sólo si no tuviese nada para perder. Lo increíble es que sin embargo no son películas, son puras realidades de tan sólo dos generaciones atrás.

Los relatos del ámbito en que yo nací, también en su momento me parecieron de cine. De chica los escuchaba asombrada, aunque al rato todo continuaba naturalmente, del silencio al juego otra vez, porque el concepto de amigo del alma, de descendencia, de perder una vida armada, llegaría mucho más tarde, con lo cual esos cuentos tremendos quedaban sólo para compartir archivo con el resto de los libros de tapa dura ilustrados.  No era fácil descifrar hasta dónde llegaba la historia, porque una cabeza pura no lograba entenderlo nunca.

Simplemente fui una nena tratando de poner imágenes a algo increíble, a ruidos ensordecedores, a bombas y llantos que no escuché por estar en la panza, sostenida seguramente por las manos de unos papás asustados, cuestionándose la gran misión de traer vida a un país bastante alborotado.

 Con el paso del tiempo esos relatos fueron tomando otra dimensión con cada subida personal de escalón, comenzando la facultad, comenzando el trabajo, comenzando una pareja. Fue en ese momento como con un rompecabezas imaginario pude ir construyendo situaciones, llevándolas a mi propia vida, pensándome protagonista.

Me imaginé empezando una carrera con un aula llena, vaciándose de a poco, perdiendo amigos sólo por  pensar diferente. Traté de palpar la desconfianza de cada nueva amistad, lo vulnerable de cada nueva relación, de cada comienzo.

Me imaginaba en lo simple de juntarse a estudiar, el sentimiento de inseguridad de estar haciendo lo correcto, de relacionarse con alguien pensando en consecuencias mil veces más terribles que fallar en el examen.

Cierro los ojos y veo un dedo gigante presionando cabezas, llevándolas a no expresarse, dejando sueños de lado por no elegir el camino que siempre quisieron, para lo que se sentían útiles y capaces. Pérdidas intangibles a la N.

Los relatos sobre las invasiones en los trabajos, en cualquier momento, con una caprichosa hipocresía invadiendo sin vergüenza. No quiero ni pensar en que alguien entrara hoy a la oficina, nos haga tirar a todos al piso y se llevara a mis compañeros, sin despedida, sin aviso, masticando dolor en silencio para que no nos pasen de bando.

Aquel proceso en estos tiempos tendría redes sociales secas, con pocas declaraciones sinceras y sin ninguna foto. Poca vida y mucho miedo. Qué diferente serían las relaciones. Todo bajo ese contexto giraría ciento ochenta grados.

Sin la confianza actual, quizás nunca hubiese llegado a formar mi propia familia. Lo cierto es que sí llegó, aunque un poco más lejos de mi Buenos Aires querido, la construí en La Plata. Nueva ciudad para mi, nuevas caras, nueva página.

Allí me enteré que las diagonales estuvieron más revolucionadas que mi barrio porteño en aquel entonces.

Mi marido fue amamantado entre canciones de cuna y algunas sirenas no tan lejanas. Ahora entre mis amigos de los 25 millones, tengo algunos que han sido protagonistas sin elegirlo de esa triste realidad para la cual nadie estaba preparado.

Hermanos separados y primos que se han convertido en hermanos, con amor del mejor, doblegado, del más puro para compensar faltas que jamás se completan. Mamás haciendo de papás al mismo tiempo, criando en las sombras, aferrándose a esa nueva vida para salir adelante.

Y crecer sin respuestas razonables para que una cabeza infantil pueda cerrar las heridas, porque para tanta pureza es imposible pensar que alguien tiene autoridad para borrar la vida de un plumazo, por pensar distinto, por ser amigo de…

Nos veo a todos ‘embalados’. Tengo la imagen de una persona que grita fuerte, que piensa grande, y varios empaquetándolo como las valijas en el aeropuerto. Tapando con ese film boca, ideas, ojos, cabeza, oídos. El cuerpo entero.

Algunos afortunados lograron desatarse las manos para andar, armando otra vida muy lejos de su casa, y hoy pienso que si tuviera que dejar toda mi realidad acá, como una foto mañana mismo, y partir a lo desconocido buscando paz, no creo poder llamarme afortunada.

Pensar en fogatas para quemar libros inocentes, fotos, pensamientos escritos por un miedo de pies a cabeza, me ahoga.

Pasan los años y con cada 24 de marzo, vuelven los relatos y las sensaciones. Un amigo de esos a los que impunemente le han recortado su foto,  escribió el domingo: “El día de navidad, el día del padre, el 24 de marzo… es todo marketing… yo vivo con el 24 todo el año”. Nada para agregar, sólo un gran abrazo.

Tengo una mezcla de sentimientos al escribir este texto, entre sentirme ignorante, apolítica, sentada hablando por otros tocando de oído, defendiendo una infancia manchada que no acompañé, que hoy escucho en momentos de confesión ya sin miedo de quienes se animan a hablar sacando el dolor afuera.

No veo sólo esta parte de la realidad, aquello fue un universo de hechos absolutamente discutibles hasta la posteridad. Sólo trato de extrapolarlo y meterme en los zapatos de todos aquellos que nada tuvieron que ver, como mis amigos, como muchos de los que han caído sin culpa alguna, sin saber todavía cuánto era 2+2. Yo sólo defiendo la vida.

Y la única luz que veo sobre todo este relato, es el renacer forzoso, en una nueva familia, en un nuevo país, en un nuevo amor.

Renacer en una libertad comprada en cómodas cuotas, esa que finalmente después de muchos años hoy podemos vivir. Libertad en la que crío a mis hijos, en la que alimento ideas y sueños, en la que hoy puedo escribir todo esto, contando quien soy, abriendo mi identidad sin miedo.

Coqueta libertad que a los que arrancan con 50 millones les parecerá tan obvia, y que de obvia no tiene nada.

A desquitarse y volar tranquilos… a respirarla. A no soltarla nunca más.

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

Hotel Madero es el lugar elegido por viajeros de negocios y turismo de todo el mundo. Cuenta con 197 amplias habitaciones, 7 salas de runión equipadas con la mas alta tecnología, restaurante, bar, spa y sala de musculatura, y el mejor servicio personalizado.
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