Agua va!, por Madre Hotelera

Agua va!, por Madre HoteleraMartes de nuevo. Una vez más me subo al micro en la terminal de La Plata y comienzo a escribir este blog en mi celular como todas las semanas, a excepción de algún feriado, como el inolvidable de hace una semana atrás.

La Plata era otra hace apenas 7 días. Desde que la conozco la definí como una ciudad joven y alegre. Muchos estudiantes universitarios, muchos árboles, muchas amistades. Mucha vida. Frase oriunda, real y comprobada: “acá se conocen todos”. Pura verdad, para mi no es ciudad, es como un barrio maximizado, y aprendí a quererla así.

Hoy me resulta difícil identificar sus cualidades en la calle, porque todo cambió, desde el escenario a la gente, ya nada es igual. Caminarla hoy implica encontrar pocas sonrisas, cabezas bajas, andar cansino y abrazos largos. Se camina lento, se habla pausado, como saliendo de un letargo, como si todavía la ropa estuviera mojada.

Caminarla hoy es encontrar casas enteras en la vereda, como si la gente tuviese un gran living comunitario, hinchado, embarrado, con todo el olor a humedad que ni la mejor biblioteca antigua pudiera lograr.

El agua se llevó todo, desde la intimidad de los aromas de cada casa, hasta los tesoros personales inexplicables para el resto del mundo. Se llevó vidas, evoluciones, sueños. Ahogó sonrisas.

El agua nos sacó la confianza, el pronóstico de lo esperable, porque todos sabíamos que ese cielo gris traería lluvia, pero no algo inmensurable como lo que fue. Pecaré de infantil quizás, pero siempre pensé que las catástrofes naturales eran súbitas, o muy anunciadas. Esto fue un insoportable término medio, al que ninguno pudo adaptarse con la reacción necesaria. Se actuó en shock tratando de tomar el mejor camino posible, así eso se tradujera en pasar la noche entera sobre un techo compartiendo un paraguas entre cuatro.

Si hubiésemos advertido semejante vendaval,  ni el paraguas en el techo, ni subirse a la cabecera de un asiento de colectivo, ni sostenerse de la red de un balcón podría interpretarse como una reacción planeada en forma inteligente. Cualquier solución semejante resultaba ridícula, y sin embargo se usaron estas estrategias y otras más insólitas también con tal de salvar vidas.

Cada platense repite una y otra vez su relato de esa tarde, necesita repetir para digerirlo, y en cada relato aparece el común denominador: todos intentaron con secadores, toallas y baldes, frenar la invasión. Ninguno supuso que esa energía gastada era un tesoro para lo que vendría después, mientras seguíamos apostando que más no podía seguir lloviendo. Lo cierto es que paró, pero ya era muy tarde, y para quienes lo han perdido todo, se arrepienten de no haber usado ese tiempo para seleccionar lo más rescatable de la casa. ¿Difícil no? Priorizar en una hora, bajo presión y sin luz, qué salvar de todo lo ya no obvio con lo que convivimos.

Lo curioso es que los días previos al diluvio los dediqué a limpiar recuerdos en los cajones de la casa de mis viejos, a diez años de haberme ido. Fotos, cartas, entradas a recitales, notitas. Con cada hoja una historia atrás, una sensación, un viaje en el tiempo. 2 días para 3 cajones. Imaginen 1 hora para una casa entera… y sí, acabo de destrozar la regla de 3 simple con una gran utopía.

Así fue como con prisa y sin pausa, al peor estilo Titanic pero sin violines de fondo, las luces se fueron apagando, el agua de las canillas se secó, el gas no respondía, y los teléfonos tampoco. El celular fue crucial, era lo único que nos quedaba para saber lo que realmente pasaba. Fue linterna, fue comunicador, fue un poco de luz, en muchos sentidos.

La calle era una cortina de lluvia consistente como pocas veces vi. Nada de viento, nada que la moviera para dar respiro. Y la ciudad no pudo echarla, la alojó como un gran lavarropas para que los autos comenzaran a flotar en una corriente de agua fría que removía todo a su paso. Autos traicioneros, que en un principio fueron refugio y luego mutaron a una prisión con el agua al cuello.

Los arroyos crecieron, arrastrando casas y familias enteras de las que nada se sabe hasta el momento. Fue una noche eterna, escalando posiciones para que todo lo inexplicable no invadiera, mirando desde arriba como lo cotidiano flotaba sin vergüenza, sin defensa.

Algunos logramos dormir, otros resistieron hasta el amanecer porque simplemente no tenían forma de estar horizontales. Se esperaba la luz, se esperaba la calma, que el agua bajara como lo hizo, muy de a poco, mostrando lo que nadie quería ver: un escenario dantesco de una ciudad acorralada, empapada, con autos apilados como cuando mis hijos juegan con los suyos. Agotamiento y angustia, por no saber como empezar de nuevo, por no encontrarle explicación a tamaña sorpresa, sumando incertidumbre por el destino de familiares y amigos en la ciudad en la que más que nunca, nos conocíamos todos.

Ese día después trajo desconcierto y tristeza. Será que estamos acostumbrados a ver desastres naturales en otros países, sabiendo que junto a las imágenes tremendas, encontraremos policías, bomberos, o a un ejército de rescate moviéndose firme junto a los más afectados. Lo triste es que de esas realidades extranjeras, acá se replicaba sólo lo tremendo, y no la compañía repartida en los peores focos.

Vecinos que lograron salvarse, seguían luchando para ayudar a quienes no tenían más fuerzas para pelearla, y eso fue lo mejor, los pares, que fueron complemento. Solidaridad de la más sentida, de la menos programada.

Así se movió la ciudad y fue emocionante. La ayuda se concentraba en distintos centros, pero un barrio que no tiene ni luz ni teléfono, poco podía enterarse que eso estaba pasando. Donaciones récord pero sin logística para repartir ese alivio a los damnificados, algo fundamental para gente que lo poco que tenía, lo tenía en la calle, y nadie quería ni podía abandonar la casa, sin medios de transporte, sin auto ni bicicleta ni caballo que pudiera moverse. Sin energía para caminar veinte cuadras con bolsas de ropa o lavandina, por más que fuera una necesidad imperiosa. Brillaron por su ausencia los móviles al menos cada 5 cuadras para repartir y detectar necesidades, aunque sí se hicieron presentes los puestos ambulantes para renovar el documento. Hasta las prioridades se metieron en ese lavarropas…

Las redes sociales y la radio jugaron un papel fundamental, comunicando sobre los cientos de desaparecidos, algunos con finales felices, llevando tranquilidad a las casas, y otros con finales todavía inciertos, tanto como los motivos que provocaron este desastre.

La verdad está en la ciudad, en los médicos de guardia, en la prensa local, en los protagonistas a los que sus amigos se les resbalaron de las manos. La luz volvió, pero no está, no alumbra los hechos, no ilumina rostros, sólo distrae.

Ilusos esperamos esa luz real, la que deseábamos que estuviera patrullando cuando la calle era la boca del lobo, la que esperábamos comunicara cómo seguir entre tanto desconcierto, la que transmitiera algo tan fundamental como qué hacer ante un simple vaso de agua.

Realidades extrañas. Mal cierre para un feriado eterno e inédito, que tapizó calles y alcantarillas con un colchón de hojas de otoño que nadie recogió.

Pobre ciudad cansada, irritada, triste. Siento que somos todos niños ilusionados a la espera de una voz líder que nos tranquilice, con una palmada en la espalda jurando que esto no va a volver a pasar.

Logré entender por qué mi mamá sonrió en silencio 30 años atrás cuando le pregunté si los gobernantes eran los jefes más inteligentes del país. Qué tristeza que la respuesta no haya cambiado en todos estos años, y qué alegría que existan muchos inteligentes desconocidos, que salven vidas con soluciones insólitas, con la simple lucidez de organizarse para que la ciudad de a poco se vuelva a sentir viva.

Mis manos ya están secas, pueden escribir, quejarse y desear también. Las dos queremos que siga el sol, y que se encienda la luz de una buena vez.

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

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8 respuestas a Agua va!, por Madre Hotelera

  1. veco> dijo:

    tristeza, rabia, desolacion.. pero despues de ver tanta gente ayudando.. poniendole el pecho.. solidarizandose entre todos.. me da una gran sensacion de esperanza.. la plata y su gente es especial… se merece otra vez el sol.. y lo va a tener…

  2. claudia dijo:

    Sencillamente desgarrador, es imposible ponerse en el lugar de la gente que tuvo que atravesar esta tragedia, si bien podemos tener una vaga idea, por lo que vimos en tv o leímos en diarios, pero estar ahí es otra cosa, mi más profundo deseo que todo se recomponga y no bajar los brazos,

  3. virginia dijo:

    sin palabras! solo alguien como vos puede describir tan realmente una situacion!! sin que falte la ilusion y la esperanza !!! te quiero lu!!

  4. Hotel Madero dijo:

    Gracias Lu por tan ricas palabras. Duras y tristes pero ciertas. Gracias por darnos luz todos los martes! beso grande

  5. Ana María dijo:

    Que claro y que triste! Esa palmada en la espalda que buena hubiera sido en tanta desolación y soledad… Es un gesto tan claro de amor y acompañamiento. quisiera ir a dársela a casa platense .Por suerte hubo muchas otras palmadas anónimas que alguito habrán ayudado. Gracias por este buen texto.

    • Juan Carlos dijo:

      Muy triste Lu, desolador, desgarrante, nos da la pauta de lo que tenemos que empezar a hacer y no cometer mas errores cuando elegimos a los que nos van a gobernar, no nos dejemos engañar, no son lo mas inteligentes, son los peores. De igual manera, excelente, lo que escribiste. Besos, el tio.

  6. silvia gomez dijo:

    Muy conmovedor relato. Una duda: cuando le preguntaste lo de los gobernantes a tu mamá, fue antes o después de las elecciones democráticas del 83 en que fue electo el Dr Alfonsín?

  7. rOc dijo:

    y si…como dice mi marido “sin dni, la gente no vota”…. 😦
    Más claro, echale….mejor dejalo ahí, a ver si nos volvemos a inundar! 😉
    Fuera de broma, excelente tu relato.

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