Sin documentos, por Madre Hotelera

Sin documento, por Madre hoteleraMe encantan las manos. Me gusta verlas en acción, ver como se mueven, como se muestran. Me gusta ver como hablan por sí mismas. Lo he dicho varias veces, aunque nunca es demasiado, porque para mi ellas han sido protagonistas de historias y reflexiones.

A veces creo que de tanto observarlas podría tener un stand en la calle, donde la gente se siente en un banquito de mimbre con ganas de charlar, me las muestre sin contarme nada de su vida, esperando que yo les diga lo que encuentro en ellas. No me imaginen con loro y túnica blanca, no miro líneas, no las sé leer, no las veo desde el estudio ancestral ni me interesa. Soy sólo una buena observadora de manos y ojos, a mi parecer, protagonistas del perfecto matrimonio que nos acerca a la edad real de las personas.

Me gusta que esas parejas sigan juntas, parejas en serio, y que el resto acompañe, que siga el mismo curso. No muevo la cabeza como siguiendo una mosca mirando manos ajenas, no soy tan obsesiva, aunque sí reconozco no poder parar cuando entre esos diez dedos y el rostro, se presenta un divorcio imposible de negar. Será que a mi edad todavía no tengo esa resistencia al paso del tiempo, o que todavía los cambios en mi no fueron tan drásticos –llamenme optimista o negadora-.

Me choca el mix de manos arrugadas y caras planchadas, igual que los bigotes blancos y cabelleras negro azabache. Esos contrastes de edad real y edad pretendida, no me permiten promediar, no me sale juntarlas y calcular.

Defiendo la idea de que uno tiene la edad que tiene el espíritu y que siempre es lindo gustarse y verse bien, aunque para mi de nada sirve una cara ploteada, impecable, perfecta, con una actitud diferida en veinte años a la edad real. No hay look vanguardista ni cirugía que pueda ganarle, aunque sirva para engañar en una primera impresión, resulta difícil sostenerlo si el humor y la vida interior no van de la mano.

Hace unos días, en esas casualidades buscadas que aparecen en la web, encontré una pregunta que nunca me había planteado: ¿Qué edad tendrías si no supieras la edad que tienes?…

Mmmm, estuve un buen rato para definir la respuesta, y si bien mi DNI avisa que estoy pisando los 37, nunca llegué a ese número. Pasé de sentirme de 2 años en los momentos que tengo sueño, que quiero dejar la pila de platos para lavar, la ropa y las mochilas de los nenes para el día siguiente, sólo para poder tirarme entre dos sillitas a dormir, a tener 60 cuando me escucho retando/advirtiendo a mis hijos sobre todas las lesiones óseas que puede generarles saltar en la cama descontroladamente –rocé los 90 el día que a la explicación le agregué que hasta se podían cortar la lengua entera…no me juzguen, ¡estaba agotada!-.

Me siento de 5 cuando juego a la escondida con ellos, cuando tenemos un corcho quemado en mano y toda la cara para jugar. El placer liberador de hacernos bigotes, de disfrazarnos, de asombrarnos a la par ante los nuevos logros, ante su crecimiento y sus habilidades.

Me siento de 10 cuando trato de entender la política y la calle, teniendo ya la conciencia de esa edad, junto a la inocencia –o el deseo- sobre lo justo y lo injusto. Me gustaría que todo fuera tan simple como los planteos del Gobierno de La República de los Niños. Poder ser el ejemplar más chico de una matrioska, protegida por la familia, la seguridad, los que ejecutan las decisiones, los que las toman, y más allá un buen Dios que se encargue de que siempre sean las mejores.

Tengo 12 o 50 en las imágenes que mi cabeza quiere pintar y no consigue bajar al lienzo porque las obligaciones de los 36 reales no dejan tanto tiempo libre para expresarse.

Tengo 15 cuando me enamoro un poquito más de mi marido, cuando nos veo en nuestra casa y me dan ganas de gritarle: ¡nosotros dos hicimos estos dos nenes! ¡y vivimos juntos! ¡y nos casamos!… absoluta quinceañera con sueño amoroso cumplido y superado.

Puedo plantarme en unos 16 eternos y mirar a la tribuna de Feliz Domingo, sintiendo que SIEMPRE serán más grandes que yo. Nunca sabré el por qué del efecto, será la moda de ese momento, no lo puedo definir. Podría ver hoy el programa en Volver, y sentirlo de la misma forma.

Tengo 25 ante la música en cualquier expresión, la emoción intacta en los sentidos que salta en un buen recital, que no permite quedarme quieta. La que genera gritos espontáneos, movimientos sin programación, los que salen bien de adentro, los que vienen en la sangre.

Tengo 30 cuando me veo segura de mis elecciones, de mi carrera, de mi trabajo, de la vida que elijo vivir, de los horizontes que todavía no fueron explorados ni explotados. En esos pies ideales con la combinación de una profesión asentada y muchas ideas por poner en práctica.

Y tengo muchos más de mis 36 cuando me veo sacando cuentas de las horas que dormiré si voy a una fiesta, si mis hijos salen sin abrigo, si me veo privilegiando la comodidad a un taco eterno, si me noto feliz por escuchar a Frank Sinatra de casualidad o algún bolero antiguo.

Siento que igual los cálculos los hice pensando en una cabeza media de cada una de esas edades. Conozco ejemplares de 25 que viven con el número invertido, y viceversa con los de 52. Como diría la canción, es todo una cuestión de actitud. Vivir mirando para adelante, o mirando para atrás.

Creo no equivocarme tanto si pienso que muchos ante la misma pregunta, responderán que tienen la edad de su mejor época. Viajarán con la cabeza a sus días de gloria, sean o no muy lejanos, es el deseo el que los hará plantarse en esa edad una vez más, por un ratito, aunque sólo fuera imaginario.

Dicen que quien no viaja, quien no lee, quien no escucha música, quien no se anima a probar un color nuevo en su ropa, a hablar con desconocidos, quien no se deja ayudar, muere lentamente. Para poder hacer todo eso, simplemente, hay que tener edad -y plata-, para eso hay que tener un trabajo, para eso hay que tener una profesión, un oficio, algún don a explotar. O sea, para eso, hay que asumir que los años son un buen patrimonio.

Quiero una cultura pro age para el espíritu, que invite a vivir, a compartir esas experiencias, a poder mezclarlas, tanto en la vida como en el trabajo. A darle lugar a los aportes de quienes recién empiezan y a la sabiduría de quienes ya emprenden su retiro, porque estos últimos no siempre están cansados u oxidados, sino todo lo contrario, doblegan esfuerzos para adaptarse a algo con lo que los jóvenes han nacido.

En estos tiempos en los que el circulo se mete cada vez más para adentro, en que la clave del éxito radica en ser joven, lindo, inteligente y con una mega carrera laboral, quisiera saber que pasaría si alguno de esos astros entre sus pares, perdiera por unas horas todo el combo, con el consiguiente replanteo de los años invertidos para clasificar con todos esos ideales. Duro, ¿no? Y sí, no es para cualquiera, pocos sobreviven en esas caídas estrepitosas, asumo que los que lo logran serán los que se han ocupado en el ínterin de alimentar otras cosas además del ego.

Estaría bueno empezar a mostrar otra ecuación, perdón, más que a mostrar, a ejercer, a ponerla en práctica. A inclinar un poco la balanza. A apreciar esa madurez, encontrándole su encanto bien ganado.

Por mi parte cambio horas escuchando ricas vivencias, al relato de las ventajas del último modelo de camioneta innecesaria para la ciudad. Cambio dosis de botox por tratamientos para arreglar rodillas y seguir corriendo maratones a los 60. Cambio muchos pomos de tintura masculina, por unas canas sexies bien llevadas. Cambio el último modelo de botas, por otras amadas viejitas que se hayan aguantado varios kilómetros y anécdotas.

Cambio divorcios estéticos por matrimonios perfectos, que cultivan espíritu y salud, que prefieren sentirse rejuvenecidos mediante el ejercicio de cuerpo y mente.

Cambio un DNI alterado por cirugías, por unas manos reales y unos ojos sabios, con mucho contenido y poco aburrimiento encima. No saben la plata que se ahorrarán, y no se imaginan lo bien que lucirán.

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

Hotel Madero es el lugar elegido por viajeros de negocios y turismo de todo el mundo. Cuenta con 197 amplias habitaciones, 7 salas de runión equipadas con la mas alta tecnología, restaurante, bar, spa y sala de musculatura, y el mejor servicio personalizado.
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Una respuesta a Sin documentos, por Madre Hotelera

  1. veco> dijo:

    Dicen que quien no viaja, quien no lee, quien no escucha música, quien no se anima a probar un color nuevo en su ropa, a hablar con desconocidos, quien no se deja ayudar, muere lentamente.. impecable platense!!! te lo robo!!! besotes

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