Planeta chizitos, por Madre Hotelera

Planeta chizitos, por Madre Hotelera2Panza llena… corazón contento. Llena de snacks de cumpleaños, de fotos con dientes chiquitos sonriendo, y sobretodo, de mucho amor. Así empecé la mañana. Sonriendo feliz, aunque deformada de sueño.

Ayer cumplí mi quinto aniversario como mamá. Juan completó su mano entera -la del corazón como dice él- la que muestra cuando cuenta sus años. Ya no tendrá que cuidar más qué dedo esconder cuando en la plaza le pregunten su edad, aunque pensándolo bien, son tan pocas las veces que lo interrogan… el tipo va por la vida presentándose espontáneamente. “Me llamo Juan, tengo cuato años”, con su tono fuerte, seguro, y una soltura envidiable que espero nunca pierda. Hoy cambiará su speech con un cinco limpio, sin problemas de fonética, cuando apenas pasadas 24hs de estreno, tener cinco ya sea lo más normal del mundo.

Superó un año de ansiedad por la fiestita de ayer, lo logró. Marcó el calendario 60 días atrás con un crayón, imaginando la temática, imaginando dónde lo haría, cómo se vestiría. Imaginaba… imagina… imaginará. Creo que siempre lo hará, mejor dicho, quiero que siempre lo haga. Sé que está en plena explosión de fantasías infantiles, y la realidad es que como mamá, no tengo nada de ganas que a esa cabecita increíble la vaya invadiendo tanta realidad, aunque todo llega, así como él llegó a mi panza algún día para cambiarme la vida.

Ya no recuerdo mi versión antes de él, no tengo la misma noción del silencio, no sé lo que hacía con el tiempo libre. Me da la sensación que las mujeres nacemos con una franja paralela que nos envuelve el cerebro y el corazón, destinada sólo para sacarle el precinto con su llegada.

Desde que nacieron mis hijos pienso más “apretado”. He desarrollado una montura invisible en el cuerpo para encajarlos perfectamente cuando piden upa a repetición. Mis brazos tienen más fuerza que antes, levantan 20 kilos del piso en medio segundo ante llantos desconsolados, como si fueran una pluma, con el único objetivo de consolar y curar. Quizás de amarlos, un poquito más que un minuto atrás…

¿Y mi corazón? Uy, ese no se apretó para nada, se agrandó más que nunca, y si tuviese 69 hijos como la legendaria rusa record, sé que tranquilamente podría multiplicar su volumen con cada ejemplar.

Creo que cada mamá define su maternidad a la medida de sus hijos, y yo asumo que las cosas que vivo con los míos son la normalidad universal, que todos los chicos de tal edad harán tal cosa y responderán de la misma manera. Ilusa, esa es mi medida, la que creamos en mi familia.

Siempre me pregunté quién aprende de quién en esta montaña rusa. Ellos nos llevan a conocer nuestros propios límites como padres, mientras nosotros los ayudamos a crecer alineando los suyos. Todos los días entre todos aprendemos algo nuevo, los papás nos redescubrimos, y ellos van separando las aguas a puro prueba y error.

Así llego a pensar que es normal vivir respondiendo preguntas de un nene inquieto que habla  con un tono imposible de esquivar desde que se despierta hasta que se va a dormir. Creo que sus historias fantásticas, su objetivo de hacer reír en donde esté,  sus ocurrencias y su alegría de vivir son obvias. Claro, son obvias para quienes lo vimos nacer, pero no para el resto del mundo, ese que a veces me marca que esa normalidad que creo standard, de media no tiene nada.

Cuando sus maestras me hablan de su capacidad para disfrutar de cada momento, de hacer de cualquier situación una nueva oportunidad para sonreír, deberían escanearme ao vivo para ver que más allá de notar una cabeza que se tuerce sola y una sonrisa que se asoma, por dentro la franja, se va agrandando un poquito más.

“Mami, yo estuve pensando que en los cumpleaños, los hermanitos más chiquitos siempre se ponen un poco celosos, ¿por qué no le hacemos otra torta a Cori para que pueda soplar las velitas también?” Me lo dijo merendando con los ojos puestos en sus cereales. Para cuando levantó la cabeza esperando respuesta me encontró moqueando obvio. “¡¿Y por qué lloras si dije algo bueno…?!”

Juan crece completo, por dentro y por fuera. En esta mano entera cumplida, hemos madurado todos. Ya no tiene una mamá loca como una cabra preparando sus cumpleaños como el timing de la entronización de Máxima. Ya no me pongo el traje de coordinadora, maitre, cocinera y responsable del evento, que se viste de mamá sólo al momento de la torta. Logré ser la mamá que disfruta del proceso, que acompaña su emoción previa al gran día. Tal como escuché en mi luna de miel: “No nos casamos ese día, nos fuimos casando de a poco durante todo el año que lo estuvimos preparando”. Capacidad de disfrute y percepción bien heredada aparentemente -brindo por eso-.

Esta versión de Juan se involucró en forma activa en su fiesta, fue protagonista de sus preparativos, no sólo la figura principal de la tarde. Disfrutó la previa, cocinamos juntos, preparó dulces y hasta ayudó a limpiar.

Ayer pasamos tres horas deliciosas, gritó, saltó, se rió y fue él en todo su esplendor. “¡Cumplo 5!” gritaba antes de soplar las velitas… “¿Y cuántos deseos vas a pedir?” preguntó el animador. “¡Cincuenta!… ¡¿Quién se quiere sacar una foto conmigo?! ¡Vengan todos! ¡Vamos chicos, vamos!” con treinta enanos corriendo hacia él.

Momento Kodak absoluto. No sé cuantos segundos dura el Feliz Cumpleaños + Feliiiiz feliz en tu día, sí sé que logro meter en ese lapso una película aceleradísima desde que anotamos sus posibles nombres en la servilleta de un bar, el momento en que nos conocimos, su primer día de jardín, sus primeros te quiero, sus charlas memorables, sus avances, deseos, miedos y alegrías. Y vuelvo ahí, a ver como en una cámara Gesell a todos los afectos cantando y aplaudiendo, con esa cara de amor total por esa sonrisa inocente, mientras cada uno suelta su propia película. Vuelvo a hacer flotar los lentes de contacto, a mirar esos enormes ojos en los que siempre me encuentro reflejada, que hablan solos, quizás igual que los míos y por eso ante algunos silencios siempre responde con un beso.

Juan inspiró este segmento de casualidad, contando una anécdota sobre lo que él pensaba que era un Hotel, en Junio del año pasado. Fue alimentando mi día a día y este blog con sus historias, llevándome a descubrir en la escritura una nueva pasión. Nos hizo crecer como familia, me hizo crecer como mamá, como mujer, como persona. Me entrenó estrictamente para poder regalarle a su hermana una versión mejorada de maternidad. Imposible no dedicarle la columna de este martes, simplemente, no podía escribir sobre otra cosa.

Planeta chizitos, por Madre Hotelera1

Hoy mi casa está llena de paquetes que se irán abriendo en breve, bocaditos que en unos días quedarán solitarios dentro de un tupper eterno bamboleando en la heladera, tortas que se irán cortando en láminas con cada antojo dulce. Todo se irá diluyendo, menos la foto que le sacó mi memoria, menos el abrazo de agradecimiento tácito cuando su fiestita terminó, menos su sonrisa por la alegría vivida. Todo eso, ya me lo grabé bien adentro.

El año que viene cuando aprendas a leer te lo mostraré, para que practiques en voz alta y te pongas colorado ante un gracias por 1.825 días llenos de luz y crecimiento, por compartir tu mundo de dibujitos e ideales, por dejarnos aprender con vos.

Felices 5 pichón. Te amo con el alma. Tu mamá hotelera.

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

Hotel Madero es el lugar elegido por viajeros de negocios y turismo de todo el mundo. Cuenta con 197 amplias habitaciones, 7 salas de runión equipadas con la mas alta tecnología, restaurante, bar, spa y sala de musculatura, y el mejor servicio personalizado.
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Una respuesta a Planeta chizitos, por Madre Hotelera

  1. Belén dijo:

    excelente, perfecto. Describiste tal cual una madre puede sentir por su hijo el día de su cumple y su cada día. Abrazo, Belén

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