Al pan, pan… Por Madre Hotelera.

cocinaNo estamos locos, sabemos lo que queremos…vive la vida…”¡Ay no me abandona! Empiezo a escribir y sigo tarareando el tema con el que tomé mi café matutino, ese que ya tiene mil ensayos y cada día sale mejor. Lo tomo mientras le sonrío cómplice a mi inconsciente, mi DJ ad honorem que elige las canciones perfectas para las situaciones más justas, y coloca el disco en mi boca para que nunca deje de cantar “lo correcto”.

Muchas veces quise huir de su selección musical cuando se le ocurre cantar verdades que uno pretende alejar, hoy en cambio, lo aplaudí de pie, fue pura coherencia en este único día del año dedicado a nosotros, los gastronómicos, una de las especies más peculiares del mercado laboral.

¿Cómo llegamos a trabajar de esto? Uff…difícil de explicar. Mejor hagan el ejercicio e interroguen a algún protagonista acerca del por qué de su elección. Les aseguro que les responderá con un suspiro y un meneo de ojos seguido de una sonrisa casi infantil. Con cada testimonio escucharán una historia diferente, de herencias, sabores o aromas que enamoraron alguna vez. Relatos de fascinación por una mesa perfecta, más una buena cuota de pasión por el servicio, y un inagotable espíritu de conquista. Seductores por naturaleza, perfeccionistas por definición, los gastronómicos compartimos la necesidad imperiosa de gustar y complacer, de compartir y convencer sobre el increíble sabor de un plato, o de una buena copa de vino.

Notarán un brillo en nuestros ojos ante un chocolate fundido, y podrán vernos hacer el ridículo acariciando un pescado antes de limpiarlo como si fuera un peluche. Más de uno nos ha encontrado alguna vez mirando con ternura unos bollos esperando que leven o dándole palmaditas a alguna carne antes de ponerla más bonita.

Nos portamos como chicos ante la llegada de una vajilla nueva, buscamos todos los puntos cardinales después de fajinar una copa para comprobar que ha quedado realmente perfecta, y generamos planchas implacables en las manos a la hora de acomodar manteles y servilletas. Somos capaces de probar una y otra vez la anatomía de una cuchara, dedicando un buen rato a contar lo bien que sale de la boca.

Nuestros ahorros cambiarán su destino, e irán a parar a la compra de libros, que NECESITAMOS tener, aunque sólo sirvan de inspiración porque difícilmente reproduzcamos alguna receta. Nuestro sueldo se repartirá entre cuchillos, cucharones, elementos de precisión, y salidas a cenar, que ya no serán para nada relajadas, porque no podremos dejar de mirar todos los detalles, criticar, cuestionar, sacar fotos de la carta con el celular y anotarnos reminders para comentar con nuestros compañeros cuando se termine el preciado franco.

Lo más impresionante de esta profesión, es que para cuando ya se ha alcanzado esta instancia algo obsesiva, nos olvidamos del tiempo que pasó desde el día que elegimos entrar a este mundillo tan especial, y la cantidad de horas que le hemos dedicado. El único que tiene la respuesta es el cuerpo.

En ese ínterin nuestra vida social se habrá modificado radicalmente. Caeremos en la cuenta que dedicarnos al servicio de la buena mesa nos ha minimizado nuestras propias o populares fechas especiales, como los cumpleaños, las fiestas de fin de año y las reuniones con amigos.

Un rato de sol se habrá convertido en objeto de deseo, igual que una silla, unas manos perfectas, una cintura sin molestias y una nariz libre de olor a comida por un rato.

Del otro lado de las necesidades, aparecerán también varias satisfacciones. Amigos nuevos que compartirán la misma pasión y horas de acción. Un orgullo muy particular cuando algún comensal nos de una alegría con su veredicto. Un enriquecimiento inesperado del vocabulario, sumando adjetivos calificativos que jamás imaginamos utilizar. “Es un vino de gran complejidad, amplio, de buen impacto en boca, con taninos suaves, y un final largo y persistente” Algo que para cualquier amigo que no se dedique a esto, lo defina simplemente como “un buen tinto”.

Dos miradas diferentes para una misma cosa, y la nuestra siempre será la que desmenuza la realidad. Nosotros a los platos le veremos todos los recovecos, a una mousse la arrastraremos con la cuchara para ver si tiene exacta consistencia en toda la porción, a un pan lo abriremos esperando el ruido y temperatura deseados.

Somos así, el umbral de estándares de servicio se ha elevado tanto, que hasta sin el uniforme puesto, en una reunión casera terminaremos en la cocina sirviendo y levantando platos para que todo salga perfecto, sin atrasos, sin tiempos muertos. Terminaremos siempre ayudando, mejor dicho, ejerciendo.

En estos más de 10 años de profesión, he visto a un maître engancharse un dobladillo a 5’ de empezar el evento, y salir al ruedo con el pantalón arreglado con ganchos de abrochadora, sin que la sonrisa de bienvenida se borrara de su cara.

He visto cortes, quemaduras, accidentes, y aplausos. Cocineros sacando eventos para cientos de personas, con 50 grados en la cocina, gritando, haciendo chistes, cantando en los momentos menos esperados.

He visto “perros”, bromas, pedidos de último momento y mil corridas, sin que se deje de sentir detrás ese gusto por esta elección.

¿Será que estamos locos?…. para nada. Sabemos lo que queremos.

Mis felicitaciones, saludos, y risa cómplice, a todos los que hemos elegido este camino y esta particular forma de vivir, a pura pasión. A puro gusto.

Con copa impecable y trapo en el hombro: ¡Salud!

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

Hotel Madero es el lugar elegido por viajeros de negocios y turismo de todo el mundo. Cuenta con 197 amplias habitaciones, 7 salas de runión equipadas con la mas alta tecnología, restaurante, bar, spa y sala de musculatura, y el mejor servicio personalizado.
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