Un amor. Un despertar., por Madre Hotelera

Un amor. Un despertarHace un tiempo leí por ahí que el mundo no sería el mismo si no existieran las pasiones. El título de la nota era “Necesitamos contagio”. Me quedé en esa primera frase, recorriendo el texto luego sin leerlo, sólo mirando letras mientras me sentaba en mi rinconcito mental a desmenuzar un poco… ¿Pasión por qué cosas podrían ser tan desequilibrantes para que el mundo realmente fuese diferente? En voz alta le respondí a mi monitor frío e inalterable: ¡Todo!

Desde seguir un amor hasta abrazar un proyecto laboral, nada sería igual sin tal móvil de por medio.

Algunos la imaginan como un bicho que pica o como una cápsula que viene dentro nuestro y en algún momento de la vida se activa sin esperarlo. Yo no sé que forma tiene, pero en un bailecito de ojos la dibujé como un corchete, una llave o un paréntesis. Ahí en el medio está ella. Abre en los ojos, en la nariz, en los sentidos. Cierra en el corazón. En su corredor juega, coquetea, desparrama adrenalina como si fuera brillantina imposible de opacar. Se muestra orgullosa, se oculta cuando se da la cabeza contra la pared por arrebatada, pero se recupera siempre, fiel a su esencia, para regresar cuando uno menos lo espera.

Creo que tiene un vestuario extraordinario, invisible (¿?) y exclusivo. Y acá no hay Fashion Police de por medio, no lo nota el mejor diseñador, sino los ojos más sensibles, los que también llevan corchetes en su interior.

Hace unos días tuve la exquisita oportunidad de volver a encontrarla en pleno día de trabajo. Nuestra sommelier, a una semana de dar a luz a su pequeña Amanda, nos acompañó en una capacitación que quizás habrá sido una más para ella, aunque fue una bastante especial para mi.

Los vinos se abrían para ser catados en copas impecables, mientras ella hablaba con una cadencia similar a una canción de cuna, acerca de las personalidades de cada uva y lo especial de cada terruño, haciéndonos viajar un rato sin levantarnos de la silla. Agitada por su enorme panza, hicimos causa común con su ritmo para escucharla: ¡Perdón pero no puedo parar de hablar! Es tan rico el camino del vino, hay tanto para decir, es un mundo infinito… ¡aunque me falte el aire no lo puedo evitar!”

Respiraba profundo y se renovaba, era ella y su pasión, pura, abierta ahí para compartirla y contagiarnos desde su experiencia personal: “Yo soy diseñadora de indumentaria, pero una tarde a los 25 años tuve una charla con un sommelier y me enamoré de este mundo, hasta ese momento no había probado el vino. Me fui metiendo, estudiando y viajando, y ahora acá estoy…. Es así, dicen que uno se enamora de su segunda profesión”.

Se la veía tan plena que podría asumir su afirmación como una verdad absoluta. ¿Será que uno se enamora de la segunda realmente, o que son amores naturales que se despiertan un poco más tarde que en los obligados 18 años, ese momento clave en que debemos comenzar a delinear el resto de nuestros días?

Me inclino más por la segunda, aunque en mi círculo haya médicos que han llevado su estetoscopio de juguete a uno real, con total éxito y seguridad, también conozco excelentes ejemplares “de segunda profesión”. Abogados que se lucen como periodistas gastronómicos, contadores devenidos en ambientadores de eventos, chefs de primera línea con un pasado enfocado a los números o al deporte a nivel profesional.

Lo rico de la apreciación es verlos en acción y comprobar que todo ha servido, que la primer elección no fue una pérdida de tiempo ni un error, sino un enriquecimiento de lo que son en esta etapa, con un combo de seguridad y exposición, imposibles de conseguir en los famosos 18.

Hoy vuelvo a escribir después de más de un mes alejada de mi página en blanco. En ese lapso he vivido de todo, comenzando por un viaje de regalo, curiosamente recibido como reconocimiento laboral producto de mi segunda profesión y mi pasión por ella, a un destino repleto de historias -como todos los destinos-, con gente que se animó a soltar para seguir avanzando, que soñó con un cambio de rumbo a los 40, 50 años y lo consiguió. ¿Vértigo? Todo junto, aunque también muchas caras felices.

El corredor activo que habita entre mis corchetes pasionales, me ha enviado señales durante esta ausencia. Me tomó de la mano para volver a bailar, me abrió los ojos y los sentidos para que historias como estas no pasaran desapercibidas. Me presentó un bastidor en blanco para volver a pintar como en mi niñez, y me trajo de nuevo hasta acá para volver a hablar fuerte, luego de un rato de aire necesario para que este placer que descubrí a los 36, vuelva a emocionarme.

Llega el último párrafo y mientras hago este cierre, un buen señor se asoma a la oficina trayendo la noticia que Amanda llegó al mundo, recibida en un hogar especial inspirado entre corchos, cucharones y mamaderas. La imagino frágil, estrenando sus sentidos, comenzando a delinear sus corchetes sin saberlo, esos que la irán guiando por la vida. ¿Se dedicará en el futuro a su segundo, cuarto, sexto amor?…quién lo sabe. Desde acá sólo deseamos que elija el que la haga feliz, el que naturalmente contagie como lo hace hoy su mamá. Un amor de esos que resultan esenciales para que este mundo siga siendo algo verdaderamente especial.

Madre Hotelera

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Acerca de Hotel Madero

Hotel Madero es el lugar elegido por viajeros de negocios y turismo de todo el mundo. Cuenta con 197 amplias habitaciones, 7 salas de runión equipadas con la mas alta tecnología, restaurante, bar, spa y sala de musculatura, y el mejor servicio personalizado.
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3 respuestas a Un amor. Un despertar., por Madre Hotelera

  1. paogianetto dijo:

    que lindo poder comprender esto y sentirlo! tengo 36 años y este año descubrí la pintura y no puedo parar de pintar. Sentir pasión por algo es maravilloso. Un regalo del cielo! 🙂

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